Valencia Basket acabó asaltando el Martín Carpena contra todo pronóstico, o al menos contra las aspiraciones de toda una ciudad que esperaba al equipo, que en estos dos últimos años había apelado a la épica en la fase final de la competición frente a los todopoderosos. Pero bajando a la realidad, el transcurso de la campaña no hacía presagiar vibraciones parecidas, pese al último esfuerzo del equipo malagueño en liga regular.
Ni se encontraba con el factor cancha, ni la estabilidad grupal en pista iban a facilitar una eliminatoria complicada ante el conjunto que ha ocupado durante muchas jornadas la primera posición de la ACB. Es cierto que la inercia y el corazón, fundamentado en el apoyo mediático y vía redes de todos y cada uno de los aficionados que en todo momento hemos creído, casi hace saltar la banca en La Fonteta, gracias al monumental partido de Nemanja Nedovic, del que ahora hablaremos.

Un 3+1 en los instantes finales, salvó a lo locales de una decepción tremebunda frente a su público, y es que no solo serviría como estimulante anímico, sino que sentenciaría la serie por completo. Quizás el ambiente era el propicio, quizás, y jamás lo dudo, los jugadores pusieron toda la concentración al servicio del vital encuentro, e incluso se mimetizaron en algún momento con todas las personas que ocupaban los asientos y alzaban la voz. Sin embargo, el destino estaba escrito y la pelota no estaba en disposición de encontrar el aro tan fácilmente.
Durante toda la primera parte, el trabajo bajo loa aros fue notable, equilibrando el desacierto total de los malacitanos, pero la colectividad de la primera parte se difuminó a mediados dle tercer cuarto y desafortunadamente, el equipo volvió a mostrar la cara más oscura de la temporada, con posesiones individualistas, falta de intensidad defensiva y un sinfín de errores no forzados que llevaron al fiasco final. Por supuesto que el arbitraje fue de traca, y yo no suelo hablar normalmente de ésto, pero para más inri se unió al factor caos que organizó el equipo para despedirse de un año, para que engañarnos, que termina con mal sabor de boca.

La esperanza malagueña ha tenido nombre en este último mes de liga, Nemanja Nedovic. El explosivo base serbio ha exprimido al máximo sus minutos, pasando de jugador de rotación a dominador y líder ofensivo de un equipo que lo necesitaba como el hambre. Era prioridad en Málaga atarlo, y como nota positiva, no ha tardado en hacerse oficial su merecida renovación. 2 años de extensión para el ‘combo-guard’, quien además se convierte en uno de los pilares básicos para el proyecto futuro.
Quienes no parecen que vayan a seguir son el temporero Hayes, Cooley y el francés Edwin Jackson. Las tres situaciones son completamente distintas. El primero llegó a la Costa del Sol para suplir la lesión de Smith y se irá sin pena ni gloria con alguna actuación de brillantez aislada. Por otro lado, se entendería menos a nivel exterior la marcha del center americano, Jack Cooley, que no ha brillado técnicamente, pero si que se ha ganado a la afición por su coraje e intensidad en pista. Un valuarte que hizo recordar la temporada de Stimac en la ciudad y por el que habría que echar el resto. En último lugar, una de las mayores decepciones de la 15/16, Jackson. El ex jugador de ASVEl llegaba en verano como pieza clave para el sistema de Plaza y con la vitola de gran anotador, aunque lo único que hemos podido ver haya sido inseguridad y mucha mucha irregularidad en sus manos.

En el lado visible de la Luna, se encuentran Carlos Suárez, con contrato vigente, Will Thomas, al que ya se le ha ofrecido la renovación por dos campañas y que es fundamental, o Alberto Díaz, con el que también sería prioritario alargar la relación. Los demás penden de un hilo en un período estival en el que va a haber mucho movimiento, mientras suenan con fuerza Wazcinski o Musli.
Evidentemente, la reestructuración debe ser ejemplar, pero el espíritu no hay que buscarlo sino destaparlo y volver a inundar cada pista, llenando por supuesto el Carpena y generando la ilusión que el Club Baloncesto Málaga lleva en sus genes.
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